Foto de la tierra desde un satelite

mayo 10, 2007

chequen esta foto. esta buenisima ya que demuestra fotograficamente lo que los mapas hechos por el hombre ensenaban.

http://www.fourmilab.ch/cgi-bin/uncgi/Earth?imgsize=1024&opt=-l&amp


Amigos!

mayo 10, 2007

Cursi pero bonito – aqui en buena chamba, tambien somos tus amigos!


En el año 1627 un barco zarpa de la bahía de San Juan

mayo 10, 2007

 DICE QUE la ciudad comienza a cansarla. Le aburre contar las ventanas entre las calles del Cristo y de la Cruz. Ese juego ya no la entretiene. Le sugiero que salgamos a la campiña pero ella dice que no, que le aterra salir de las murallas, que afuera todo es insectos, malezas, bestias, indios salvajes. Dice que esta isla se ha convertido en un castigo, en el antiparaíso, y que ya no sabe qué hacer. Afuera de las murallas es un infierno, dentro de las murallas es otro infierno, y ya le cansa contar ventanas.

Desde la última invasión de los holandeses, hace dos años, no se encuentra un libro para leer. La ciudad quemada, casi en ruinas; la catedral silenciosa. Ya no se oye el repicar de las campanas que se robaron los holandeses sacrílegos, ni la música del órgano que destrozaron con sus hachas. Las paredes de las casas están cubiertas de cenizas. Y ese persistente olor a quemado, a hecatombe, ha cambiado el aire que se respira en la ciudad. El cielo es un domo de nostalgia, el cabalgar de los caballos es diferente; nada, nada es igual en San Juan Bautista.

“Es el fin del mundo” dice ella de pie, en el medio de la sala, mirando las vigas del techo y soltándose el largo cabello negro que yo tanto amo; y así, vestida con su traje blanco, de pronto se sienta en el suelo, en el mismo centro de la sala, y con los codos sobre las rodillas empieza a llorar de golpe. Las esclavas corren a socorrerla pero ella ordena que la dejen quieta, que no le pasa nada; me mira a través de las lágrimas y repite que es el fin del mundo, que los holandeses nos han robado la ciudad. Devastado, impotente, la miro en silencio porque no sé qué decir.

La dejé en el muelle de la Puerta de San Juan y luego subí a mi balcón. Desde entonces me he negado a bajar. Vi su barco partir de la bahía: me dijo adiós con su mano enguantada mientras nos mirábamos en silencio. Ella con sonrisa inevitable, dolorosa; yo con lágrimas que ella no podía ver porque estaba lejos. El barco zarpó. María Cristina en su ancho traje de algodón rosado, al lado del mástil principal, me saludaba despacio. Yo veía el agua tan azul de la bahía, el traje volátil de mi mujer azotado por la brisa, las velas del galeón que ondulaban como alas gigantescas; blancas y leves flotaban en el viento. Y esa brisa se llevó la nave. Tras llegar a la boca de la bahía desapareció rumbo a Sevilla. Y yo sigo aquí en el balcón, sentado, escrutando día tras día el vil horizonte.

Esa procesión que pasa frente a mi casa, afligida y nocturna, no me emociona. Apenas escucho el rosario que las mujeres repiten en voz baja. Sigo sentado en mi balcón, velando el horizonte debajo de la luna. Esas antorchas y farolas que con su luz abren la noche, ya no me importan nada. La Semana Santa no significa nada. Este próximo domingo, Día de la Resurrección, no tendré nada que celebrar. La Catedral no podrá doblar las campanas, el coro cantará sin órgano y yo dormiré sin el aroma suave del cabello de María Cristina. Es el fin del mundo.

Anoche pasó otra procesión frente a mi casa. Aún quedan cabos de vela en la calle. Las señoras y las niñas vestían de negro, cubrían sus cabezas con mantillas negras, y la luz amarillenta de las teas y farolas iluminaba las ventanas que mi mujer ya no quiso contar. Yo escuchaba la letanía de las caminantes y la recordaba a ella en esa misma calle, su traje blanco en el sol, pero me bastaba cerrar los ojos un instante para recordar el galeón que abandonó la bahía lentamente, el traje rosado enardecido por el viento, el guante blanco diciéndome adiós.

Me acusan de misantropía. Quieren que renuncie a mi balcón. Mis amigos me invitan a la plaza o quieren llevarme a cabalgar. Me sugieren que tome el sol. Los veo a todos muy preocupados y los comprendo, creo que yo haría lo mismo por un amigo, pero es que a mí ya no me importa. Ayer estuve a punto de insultar al Obispo, quien permaneció casi toda la tarde conmigo en el balcón e insistió en escuchar mi confesión, pero me negué a contarle nada. Me dice que estoy enfermo, que padezco melancolía, y me pide que lo acompañe a la Catedral, a ese mismo edificio de paredes chamuscadas que tanta tristeza causó a mi mujer desde que se quedó sin música ni campanas. Pero no me importa lo que piense él ni nadie. Así se lo dije esta mañana al mismo Gobernador, quien también vino a pedirme que abandonara el balcón. Me habló sobre mis deberes ante los súbditos de la corona, ante el Rey, ante Dios. Luego, en tono severo, me recordó que soy biznieto de conquistador y médico de la ciudad. Dijo que los enfermos me necesitan. Mientras me hablaba bostecé muchas veces y me dediqué, como siempre, a examinar el horizonte en espera del traje ancho de María Cristina.

Mis esclavas, las pobres, no dicen una palabra. Cuando traen las bandejas de comida creo ver algo de tristeza en sus ojos, aunque no puedo estar seguro porque sé que nunca me han querido. No importa. Seguirán llevándose las bandejas como las trajeron, sin tocar, con la comida intacta, y yo me quedaré en el balcón esperando el galeón que deberá volver. Lo que me han dicho mis amigos con voz temblorosa, y luego repetido el Obispo y el Gobernador en tono misericordioso, no es cierto. Es una mentira abominable. Sé que no hubo ninguna tormenta en alta mar. Es sólo un rumor. Tiene que serlo. Yo esperaré en este balcón hasta que vuelva el galeón, sus velas tremolando como alas gigantescas. El traje rosa estará junto al mástil. Volveré a sentir el aroma suave del cabello de mi mujer, la caricia lenta de su mano en mi rostro.

FIN

El escritor puertorriqueño Luis López Nieves es autor de los libros Seva, Escribir para Rafa y La verdadera muerte de Juan Ponce de León. Es catedrático de la Universidad del Sagrado Corazón, donde dirige la nueva Maestría en Creación Literaria. También dirige la Biblioteca Digital Ciudad Seva (ciudadseva.com).

http://www.ciudadseva.com/obra/2004/31oct04/31oct04.htm


En la muralla de San Juan

mayo 8, 2007

Cuento de Luis López Nieves

En la muralla de San Juan
 

Luis López Nieves/ESPECIAL PARA EN ROJO

al maestro Pedro Juan Soto

Hay un olor a sangre
rondando nuestros pasos
Nelson del Castillo
 

La mañana del 10 de mayo de 1898 unos tres mil ciudadanos contemplaban en silencio, desde la muralla norte de la ciudad de San Juan, a los seis buques de guerra norteamericanos que acababan de llegar en formación de ataque. Más arriba, en la ciudadela de El Morro, el gobernador de Puerto Rico y sus ayudantes militares, hechos los preparativos de la defensa, también esperaban en silencio. Tanto los civiles como los militares apoyaban los codos sobre las murallas centenarias. Nadie se movía, nadie hablaba. Todos observaban, desde lo alto de la espesa muralla, a los seis acorazados inmensos. Con algo de asombro, y mucho de terror, se preguntaban si se trataría de una mera bravuconada de la Armada Norteamericana o del preludio de un ataque verdadero.

En las cubiertas de los buques los marineros norteamericanos apenas se movían. La mayoría ocupaba sus puestos de combate al lado de los cañones. Otros estaban sentados en las bordas de sus naves sin hacer nada: contemplaban las murallas de la exótica ciudad como turistas silenciosos, balanceando las piernas sobre el agua verde.

En ese juego de ajedrez paralítico transcurrieron unas dos horas. La ciudad inmóvil, meditabunda; los buques de la flota enemiga meciéndose despacio sobre las olas del Océano Atlántico.

De pronto, el aire y la tierra temblaron: se escuchó un estrépito tan violento, tan inesperado, que la mayor parte de los espectadores sanjuaneros, excepto los militares, dieron un paso atrás y se taparon los oídos con las manos. Las bocas de seis grandes cañones, uno en cada buque, arrojaron repentinas lenguas de fuego y nubecillas de pólvora. En seguida se escuchó un silbido siniestro, agudo, horrífico, que se acercaba a la ciudad a velocidad incomprensible. Y por último, todo en cuestión de dos segundos, se escucharon los recios impactos de los proyectiles.

El comienzo del ataque había sido simbólico: cada buque, a pesar de sus decenas de cañones, había hecho un solo disparo. Dos de éstos fallaron. Volaron por encima de las cabezas de los ciudadanos y se perdieron detrás de la ciudad, en la distancia; es posible que cayeran en la Bahía. Dos grandes balas de cañón golpearon las murallas de la ciudad y rebotaron como si fueran de goma. La quinta bala se incrustó en la pared norte de la antigua Iglesia de San José, donde descansan los restos de Juan Ponce de León, conquistador de Puerto Rico. Y la última gran bala de hierro, la sexta, golpeó en el pecho a la hermosa Verónica Toledo, nacida y criada en San Juan, a quien destrozó frente a las miradas incrédulas de sus cinco hermanas y tres hermanos.

Si Verónica Toledo no hubiera muerto ese día, se habría casado el próximo domingo, 15 de mayo de 1898, a las cuatro de la tarde, en la Catedral de San Juan. Luego se hubiera ido de luna de miel quizás a París, destino predilecto de los criollos de la época, o tal vez a la romántica ciudad de Venecia, que siempre ha sido destino de enamorados. Meses después habría regresado a San Juan y le hubiera contado a su familia sobre el Arco del Triunfo, el Bosque de Bolonia y los anchos bulevares parisinos; o hubiera descrito, casi sin aliento, sus paseos en góndola bajo la luna y las estrellas venecianas.

Dos, cinco o diez años después de su regreso de la luna de miel, Verónica Toledo habría tenido el primero de sus muchos hijos. Uno de éstos -el primogénito o el cuarto o el séptimo- se hubiera llamado Jacobo Sanz, como su padre, y es verosímil que se habría hecho médico, igual que éste. Y el doctor Jacobo Sanz Toledo, hijo de Verónica, varias décadas después se hubiera casado también, probablemente en la misma Catedral de San Juan, pero a causa de las guerras europeas hubiera pasado la luna de miel en la Ciudad de México, escuchando la vigorizante música de los mariachis, o tal vez bailando tangos eróticos en el mismísimo Buenos Aires. Y al regreso de la luna de miel la nuera de Verónica habría tenido también sus hijos, y una de las niñas -la primogénita o la tercera o la séptima- se habría llamado Verónica, como la abuela, y es evidente que se habría negado a estudiar medicina, como su padre, porque hubiera insistido en vivir su propia vida sin que ninguno de sus familiares se entrometiera ni le diera órdenes impertinentes.

Por eso es muy posible que hubiera estudiado Derecho o Periodismo. Se habría hecho defensora de los pobres y de los perseguidos políticos y de las mujeres maltratadas, y como resultado natural de su crianza, de su época y de su grande inteligencia, es obvio que, a pesar de las protestas airadas de toda la familia, Verónica la Nieta habría salido independentista. Habría pertenecido a algún partido político antinorteamericano y participado en marchas y en protestas, y es posible que hasta le hubiera dado por tomar las armas para expulsar a los norteamericanos de la colonia de Puerto Rico. Mujer apasionada, se habría entregado a la lucha por la patria -una especie de autoinmolación conspicua- y toda la familia le hubiera advertido, muchas veces, que estaba echando a perder su vida. Algunos de ellos, tal vez hasta su abuelo el doctor Juan Sanz, le habría retirado la palabra a su nieta la subversiva, y uno que otro de sus hermanos asustadizos también le hubiera empezado a negar el saludo. En las reuniones familiares la única que hubiera recibido con auténtico júbilo a Verónica la Nieta hubiera sido Verónica la Abuela. Le habría dado fuertísimos abrazos y muchos besos con los ojos llorosos de alegría, y ambas se hubieran querido mucho y se habrían contado sus secretos, y habrían tenido esa conexión peculiar que nace cuando el amor se salta a los padres para caer directamente en los nietos. Verónica la Abuela le habría dicho a su nieta, mientras hablaban en privado en la cocina, que no le hiciera caso al resto de la familia porque ya aprenderían a aceptarla como era. “Pase lo que pase, digan lo que te digan, siempre me tendrás a mí, corazón mío”, le habría dicho.

A pesar de la firmeza de su carácter y del grande amor de su abuela, es muy probable que Verónica la Nieta llegara a tal nivel de exasperación con la situación política del país que optara por tomar una acción concreta. Es posible que se le hubiera metido en la cabeza, junto a un grupo de cinco compañeros -Carlos, Arnaldo, Santiago, Antonia y Fefel-, organizar algún tipo de ataque simbólico contra un edificio federal o una base militar del gobierno norteamericano, o quizás contra las torres de comunicaciones del Cerro Maravilla, para que el mundo supiera que la mansedumbre puertorriqueña no era unánime. Y a causa de algún espía o agente encubierto (o por cualquier otro motivo: un error en la planificación, digamos, o una llanta vacía) es muy posible que a Verónica la Nieta las fuerzas del gobierno la capturaran, y al verla bella y desafiante la hubieran torturado y asesinado a modo de escarmiento para revolucionarios del presente y del futuro, y luego la propia familia de Verónica la Nieta habría reaccionado con indignados “Se lo dijimos, le dijimos a esa loca que no se metiera en política”.

Ésa es la reacción de todos menos de Verónica la Abuela, a quien se le calienta el rostro al ver en la televisión el cadáver de su nieta querendona; siente un sofoco feroz, se agarra el pecho como si se le quemara por dentro, pega el grito más agudo de su vida y cae al suelo arrasada por un robusto ataque cardiaco. Varios días está al borde de la muerte en la unidad de cuidados intensivos, y padece grandes tormentos mentales cada vez que abre los ojos y ve, en el techo y en las paredes de la habitación, imágenes sangrientas de su nieta sometida al suplicio, el cuerpo violado y magullado de su querida nieta a los pies de los torturadores. Pero gracias a los cuidados de sus hijos y nietos, casi todos médicos, Verónica la Abuela se recupera del golpe en pocos meses, aunque luego todos dicen, a sus espaldas y en voz baja, que no ha quedado igual, que desde la muerte de su nieta -de esa niña egoísta y desconsiderada- la abuela Verónica ha envejecido, ya no se tiñe el pelo, no sonríe como antes, está hecha una anciana.

Todo esto pudo haber ocurrido, pero el 10 de mayo de 1898 el sexto proyectil de la Guerra Hispano-Norteamericana, aunque simbólico, mató a Verónica la Abuela en dos segundos y ya no hay forma de saber qué habría sido de sus hijos ni de sus nietos, porque nunca los tuvo. Pero sí se sabe lo que ocurrió con sus cinco hermanas y sus tres hermanos, que estaban junto a ella en la Muralla de San Juan cuando la grande bala de cañón la convirtió en montones de pedazos, y vieron con estupor la muerte instantánea de esa dulce hermana que tanto amaban y que sin querer los bañó con su sangre y los golpeó con los pedazos de su carne. Largas son las historias de lo que han sufrido las hermanas y los hermanos desde ese triste día, y largas son las crónicas de los hijos de estos hermanos, que hubieran sido primos de Verónica la Nieta, algunos de los cuales hasta han seguido los pasos de esa prima que nunca tuvieron, pero estas historias no son parte de este simple cuento, en que sólo se ha contado lo que nunca habrá de ocurrir.

http://www.ciudadseva.com/obra/2005/27ene05/27ene05.htm


LA ÚLTIMA NOCHE DE RODRIGO DE LAS NIEVES

mayo 8, 2007

LA ÚLTIMA NOCHE DE RODRIGO DE LAS NIEVES
Por Luis López Nieves

el color de un suave pueblo
que si moría, moría de amor

José Manuel Torres Santiago

Don Rodrigo de las Nieves, nieto de conquistadores, dormía la noche del 23 de noviembre en su casa de la calle del Cristo, un poco más arriba de la Catedral de San Juan. A su lado, envuelta en un largo camisón de batista suiza, soñaba acurrucada su mujer doña Pilar de Adornio, con las manos entre los muslos y la boca en el cuello de su joven marido. Un delicado mosquitero de muselina blanca les protegía el sueño.

En la sala, sobre el piso de barro, dormían sus esclavas Juanita y Francisca. La noche era silenciosa, tranquila, oscura, como todas las calurosas noches de San Juan. Por eso pudo oírse con tanta claridad el atroz cañonazo que desde la boca de la bahía despertó a todos los habitantes. Sin tiempo para reaccionar, los sanjuaneros petrificados escucharon el agudo silbido de la bala de cañón que volaba hacia la ciudad, y saltaron de sus camas cuando el tremendo impacto de la bola de hierro voló la garita de Santa Juana en pedazos diminutos y mandó al centinela González al fondo de la bahía para siempre.

La ciudad tembló con el golpe. Algunos niños, que no habían tenido tiempo para levantarse al oír el silbido, se cayeron de las camas. En un santiamén se prendieron velas en las casas y la ciudad despertó de su sueño. Doña Pilar de Adornio, toledana criada en San Juan, abrió los ojos con el vil cañonazo. Con el estallido que despedazó la garita de Santa Juana se abrazó con fuerza al cuello de su marido y pidió misericordia al Señor. El criollo Rodrigo de las Nieves besó a su mujer en la frente olorosa a sándalo, saltó de la cama y vistió con orgullo el nuevo uniforme de miliciano que guardaba en el baúl de su abuelo el conquistador. Con la rapidez que había ensayado muchas veces durante los simulacros de combate, calzó sus botas de cuero reluciente y se colocó el peto de acero. Antes de ceñirse la espada toledana que le había regalado su esposa, besó la cruz de la empuñadura. Luego se colocó dos pistoletes en el cinto y se puso el casco. Doña Pilar de Adornio se arrojó de la cama cuando escuchó un segundo disparo de cañón proveniente de la boca de la bahía. Se despojó del camisón y comenzó a vestirse de prisa, en la oscuridad, cuando oyó por segunda vez el ominoso silbido que se acercaba como un relámpago de hierro. En seguida se escuchó una segunda explosión: el proyectil golpeó las murallas de La Fortaleza y las calles de la ciudad temblaron.

Las esclavas Juanita y Francisca entraron espantadas a la alcoba, con una vela encendida y sin tocar a la puerta. Pidieron auxilio a don Rodrigo de las Nieves, quien le ordenó a las tres mujeres que se quedaran en ese aposento y no salieran bajo ninguna condición porque era el cuarto más sólido de la casa. Estallaron varios cañonazos más mientras el marido, sin perder un minuto, bajaba el escudo de su abuelo que colgaba de la pared y se llenaba los bolsillos con sacos de pólvora. Las tres mujeres, sentadas en la cama, lo observaban sin decir palabra.

—¿Es el Draque? –preguntó de golpe la hermosa doña Pilar de Adornio, el largo pelo negro desparramado sobre los hombros blancos. Se había puesto el traje al revés y seguía descalza. Respiraba con dificultad, a sorbos, luchando por controlar los nervios.

—Esta vez acabaremos con esos piratas –respondió su marido.

De pronto se escuchó el estrépito más pavoroso que había conocido la ciudad en toda su joven historia. Los cimientos de las casas vibraron como si las hubiera sacudido un terremoto y pocos habitantes pudieron mantenerse de pie. Una grieta larga se marcó como una cicatriz en la pared norte de la alcoba del matrimonio de las Nieves, las vigas del techo crujieron, y el aire se llenó de un fuerte olor a barro, cal y pólvora. Las tres mujeres cayeron de rodillas, la vela se apagó y doña Pilar de Adornio se aferró a la cintura de su marido.

—¡Rodrigo! ¡Virgen Santísima!

—Tranquila, Pilar. Nuestros cañones responden al fin –dijo con satisfacción el marido, ayudando a su mujer a ponerse de pie–, en menos de cinco minutos. ¡Ahora sí los acabaremos!

Doña Pilar de Adornio apretó la cintura de su esposo como si no quisiera soltarlo nunca jamás, aunque en el fondo sabía que su valiente marido defendería la ciudad con su propia vida. Don Rodrigo le besó el cuello oloroso a sándalo y recogió con los labios el sudor que le bajaba de la frente. Las esclavas bajaron la vista.

 

El aire de la nueva ciudad olía a pólvora. Numerosos grupos de gente armada marchaban hacia El Morro. Diez o doce soldados corrían en dirección contraria, hacia La Fortaleza. Un jinete desesperado subió por la calle a galope, pidiendo a gritos que le abrieran paso a un emisario de Su Excelencia el Gobernador. Las inmensas campanas de la Catedral comenzaron a repicar en un compás ansioso y rápido. En pocos segundos se les unieron las campanas de la Iglesia de San José. Mujeres y niños, algunos a medio vestir, se asomaban a las puertas de sus casas y se persignaban.

A don Rodrigo de las Nieves, sanjuanero nacido y criado en la Isla, le tomó pocos minutos subir por la conocida calle del Cristo y llegar a la ciudadela de El Morro. En la recia oscuridad de la noche sin luna la confusión era enorme. Ya habían caído dos soldados a la mar por accidente y todos caminaban agarrándose de los muros y gritando estoy aquí, no empujéis.

Los piratas habían colocado sus veintiséis navíos en la boca de la bahía, al frente del Castillo de El Morro, y el incesante bombardeo de sus cañones sembraba el pánico en la ciudad. Los artilleros españoles, famosos en el mundo entero por su mortífera puntería, devolvían el fuego. Sobre la bahía de San Juan caían docenas de enormes bolas de hierro pero pocas daban en el blanco. Era un duelo de artillería como nunca antes se había visto en el Caribe. Los insignes artilleros de El Morro no le disparaban a los barcos sino a las docenas de lanchas repletas de marinos que el abominable pirata intentaba desembarcar al pie de las murallas. Don Rodrigo de las Nieves se acercó a la batería del capitán Diego de Solórzano y escuchó cuando le decía al coronel Felipe de Vigo:

–Para matar hay que ver, mi Coronel, y no vemos un carajo.

Aunque la oscuridad no le permitía a don Rodrigo de las Nieves ver el rostro de su primo el coronel Felipe de Vigo, recién llegado de la Península, supo de inmediato que éste sudaba mientras pensaba en su honor. A pesar de tener bajo su mando a los más célebres artilleros de la tierra, sin duda se preguntaba cómo justificar ante sus superiores y amigos en España la derrota que veía inminente debido a la oscuridad y a la legendaria astucia del infame pirata. Don Rodrigo de las Nieves comprendió que hacía falta luz, que era necesaria una especie de antorcha gigante y milagrosa que iluminara la bahía y le permitiera a los reputados artilleros ver al enemigo y afinar la puntería. No hizo falta más.

Salió corriendo del fuerte, se dirigió a la Puerta de San Juan y llegó antes de que hubieran cerrado los grandes portones de hierro y madera. Desde el muelle pudo divisar largas sombras de lanchas en la bahía y comprendió de pronto que el maldito pirata estaba más cerca de lo que todos creían. La fragata castellana Santa Magdalena, recién llegada de Sevilla, estaba sola en el muelle. Al ver la nao ágil, liviana, combustible, don Rodrigo de las Nieves recordó la narración de una batalla naval que había leído en un libro sobre Las Cruzadas y comprendió que el futuro de la ciudad estaba en sus manos. Arrancó la antorcha que seguía encendida en la abandonada garita de San Juan y corrió hasta la fragata mientras observaba las docenas de lanchas de desembarco que se acercaban a las oscuras murallas. Encontró sobre cubierta un tonel de aceite para lámparas. Lo abrió con la espada y dejó que el líquido se derramara. Sacó las bolsas de pólvora que tenía en los bolsillos y las colocó al pie del mástil principal de la nao. Entonces, sin pensarlo dos veces, el héroe criollo prendió fuego a la Santa Magdalena con la antorcha.

El capitán de la fragata, José Castellón, había estado durmiendo cerca del Bastión de San Cristóbal, al otro lado de la ciudad, cuando comenzó el ataque. Llegó jadeante a la Puerta de San Juan, justo a tiempo para sorprender a don Rodrigo de las Nieves mientras prendía fuego a su nave. Éste cortó las amarras de la fragata con la espada y saltó a tierra antes de que la Santa Magdalena se alejara lentamente del muelle y comenzara a flotar hacia las lanchas enemigas. De pronto hubo un estallido en la nave y un fogonazo gigantesco alumbró la bahía: la noche desapareció.

Era un milagro. Los celebérrimos artilleros de El Morro no se preguntaron por qué ni cómo la bahía se había iluminado de golpe. Simplemente apuntaron los masivos cañones y con júbilo patriótico derramaron sobre los ingleses una lluvia interminable de hierro y fuego. El estrépito de los cañones no bastaba para sofocar los gritos de los sorprendidos marineros que se ahogaban en la bahía mientras luchaban por quitarse las pesadas armaduras.

Don Rodrigo de las Nieves, desde el muelle, contemplaba su obra con satisfacción; no escuchó cuando se le acercó el capitán de navío José Castellón, nacido y criado en Oviedo. El hombre de mar apuntó la espada a la vulnerable axila del marido de doña Pilar de Adornio y empujó con todas sus fuerzas.

—¡Criollo traidor! –gritó el Capitán.

El salvador de la ciudad cayó al suelo allí mismo en el muelle, con el rostro iluminado por el portentoso fuego de la fragata Santa Magdalena. El capitán José Castellón lo dio por muerto y partió de inmediato a El Morro para informarle al coronel Felipe de Vigo que había dado muerte a un supuesto espía y saboteador de los ingleses. No le fue difícil caminar por las desconocidas calles de la ciudad porque el fuego de la fragata y de las lanchas enemigas le alumbraba el camino.

Don Rodrigo de las Nieves, herido de muerte, observaba desde el suelo a los desesperados ingleses que se tiraban al agua envueltos en llamas. Advirtió con satisfacción los estragos que provocaba la furia de los artilleros más famosos del mundo, entregados en cuerpo y alma al placer de matar ingleses heréticos. Contempló con placidez cómo el caos despedazaba al ejército enemigo que se ahogaba en la bahía o escapaba despavorido de la matanza. Recordó el alegre rostro de su abuelo don Diego de las Nieves, el conquistador, quien pasó la vida en recios combates pero nunca recibió una herida. Pensó en el perfumado cuello de la bella Pilar de Adornio, a quien dejaba a salvo de las manos de los perros ingleses.

Entonces se tentó la axila empapada de sangre y comprobó que la estocada del Capitán español en realidad no le dolía. Cerró los ojos, colocó la mano derecha sobre el brillante damasquinado de su espada toledana y murió.

http://www.ciudadseva.com/obra/2007/01/30ene07/30ene07.htm


Algunos colorados, otros no tanto

mayo 4, 2007

Cual es la diferencia entre la amante y la esposa?
R: 30 kilos.
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P: ?Cual es la diferencia entre el amante y el esposo?
R: 30 minutos.
——————————————————–
P: ?Conoces el castigo para la bigamia?
R: Tener dos suegras.
——————————————————–
P: ?Cual es la diferencia entre un terrorista y una suegra?
R: Con el terrorista se puede negociar.
——————————————————–
P: ?Cual es la diferencia entre E.T. y un hombre?
R: E.T. por lo menos intento llamar a su casa.
——————————————————–
P: ?Como te das cuenta que tu esposa esta muerta?
R: El sexo es el mismo, pero se
empiezan a acumular los platos
sucios en la cocina.
——————————————————-
P: ?Como te das cuenta que tu esposo esta muerto?
R: El sexo es el mismo, pero tu tienes el control remoto de la T.V.
——————————————————–
P: Cual es la diferencia entre un hada y una bruja?
R: 20 años de matrimonio .
————————————————————
Llegan los novios a la luna de miel y el novio le dice a la novia:
– Mi amor…pero…. ?tu no eres virgen!
Y ella responde:
-?Ni tu San Jose…!!! ?Ni esto es un pesebre!
——————————————————–
Una pareja de ancianos discute.
El: – Cuando te mueras voy a comprar una lapida que diga: “Aqui
 yace mi mujer, tan fria como
siempre”.
Ella: -Y yo voy a poner: -“Aqui yace mi marido, al fin rigido!”.


Donde esta D–s?

mayo 4, 2007


   AJA, JÁ, TRAVIESITOS EH?
   Una pareja tenía dos niños pequeños, de 8 y 10 años de edad, quienes
eran excesivamente traviesos

Siempre estaban metiéndose en problemas y sus padres sabían que si
alguna travesura ocurría en su colonia, sus hijos estaban seguramente
involucrados.
   La mamá de los niños escuchó que el sacerdote había tenido mucho
éxito disciplinando niños, así que le pidió que hablara con sus hijos.

El sacerdote aceptó, pero pidió verlos de forma separada, así que la
mamá envió primero al niño más pequeño.

El sacerdote era un hombre enorme y con una voz muy profunda. Sentó al
niño frente a él y le preguntó gravemente:

“¿Dónde está Dios, hijo?”.

El niño se quedó boquiabierto pero no respondió, sólo se quedó sentado
con los ojos pelones. Así que el sacerdote repitió la pregunta en un
tono todavía mas grave:

“¿Dónde está Dios?”

De nuevo el niño no contestó. Entonces el sacerdote subió de tono su!
voz, aún más, agitó su dedo apuntando frente a la cara del niño, y? gritó:

“Te estoy preguntando que: ¿DÓNDE ESTÁ DIOS?”

El niño salió gritando del cuarto, corrió hasta su casa y se escondió
en el closet, azotando la puerta. Cuando su hermano lo encontró en el
closet le
preguntó:

“¿Que pasó?”

El hermano pequeño, sin aliento, le contestó:
   “¡Ahora si ya nos metimos en problemas!,  

¡¡DIOS SE PERDIÓ!! ¡¡¡Y el padre cree que nosotros lo
tenemos…!!